Los recintos feriales como IFEMA funcionan casi como una ciudad con normativa propia: acreditaciones, seguros, horarios de montaje, proveedores homologados para ciertos trabajos y rutas internas para vehículos. Nada de eso se resuelve el mismo día; se tramita con semanas de antelación y se lleva impreso.
Los grandes pabellones y arenas —el entorno del Wizink Center, la Caja Mágica, los palacios de congresos— tienen muelles bien dimensionados pero agenda muy apretada, compartida con montadores de escenario, sonido e iluminación. La clave es llegar en la franja asignada y no depender de que otro proveedor termine antes.
Los teatros y salas del centro son el extremo contrario: acceso complicado, carga y descarga regulada, restricciones de circulación en el interior de la almendra y muy poco sitio. Ahí la unidad móvil se emplaza donde permite la autorización municipal y se llega al escenario con fibra.
Y luego están las sedes corporativas, con seguridad de edificio, control de accesos y a menudo prohibición de tender cable por zonas comunes en horario laboral. Se monta fuera de horario y se documenta todo lo que entra y sale.